FIEBRE DEL ORO, FIEBRE DE LA PLATA
EL SIGNO DE LA CRUZ EN LAS EMPUÑADURAS DE LAS
ESPADAS
Cuando Cristóbal Colón se lanzó a atravesar los
grandes espacios vacíos al oeste de la Ecúmene, había aceptado el desafío de
las leyendas. Tempestades terribles jugarían con sus naves, como si fueran
cáscaras de nuez, y las arrojarían a las bocas de los monstruos; la gran
serpiente de los mares tenebrosos, hambrienta de carne humana, estaría al
acecho. Sólo faltaban mil años para que los fuegos purificadores del Juicio
Final arrasaran el mundo, según creían los hombres del siglo xv, y el mundo era
entonces el mar Mediterráneo, con sus costas de ambigua proyección hacia el
África y Oriente. Los navegantes portugueses aseguraban que el viento del oeste
traía cadáveres extraños y a veces arrastraba leños curiosamente tallados, pero
nadie sospechaba que el mundo sería, pronto, asombrosamente multiplicado.
América no sólo carecía de nombre. Los noruegos no sabían que la habían
descubierto hacía largo tiempo, y el propio Colón murió, después de sus viajes,
todavía convencido de que había llegado al Asia por la espalda. En 1492, cuando
la bota española se clavó por primera vez en las arenas de las Bahamas, el
Almirante creyó que estas islas eran una avanzada del Japón. [...] La pimienta,
el jengibre, el clavo de olor, la nuez moscada y la canela eran tan codiciados
como la sal para conservar la carne en invierno sin que se pudriera ni perdiera
sabor. Los Reyes Católicos de España decidieron financiar la aventura del
acceso directo a las fuentes, para liberarse de la onerosa cadena de
intermediarios y revendedores que acaparaban el comercio de las especias y las
plantas tropicales, las muselinas y las armas blancas que provenían de las
misteriosas regiones del oriente. El afán de metales preciosos, medio de pago
para el tráfico comercial, impulsó también la travesía de los mares malditos.
Europa entera necesitaba plata; ya casi estaban exhaustos los filones de
Bohemia, Sajonia y el Tirol. […]
La hazaña del descubrimiento de América no podría
explicarse sin la tradición militar de guerra de cruzadas que imperaba en la
Castilla medieval, y la Iglesia no se hizo rogar para dar carácter sagrado a la
conquista de las tierras incógnitas del otro lado del mar. El papa Alejandro
VI, que era valenciano, convirtió a la reina Isabel en dueña y señora del Nuevo
Mundo. La expansión del reino de Castilla ampliaba el reino de Dios sobre la
tierra. Tres años después del descubrimiento, Cristóbal Colón dirigió en
persona la campaña militar contra los indígenas de la dominicana. Un puñado de
caballeros, doscientos infantes y unos cuantos perros especialmente adiestrados
para el ataque diezmaron a los indios. Más de quinientos, enviados a España,
fueron vendidos como esclavos en Sevilla y murieron miserablemente. Pero
algunos teólogos protestaron y la esclavización de los indios fue formalmente
prohibida al nacer el siglo XVI. En realidad, no fue prohibida sino bendita:
antes de cada entrada militar, los capitanes de conquista debían leer a los
indios, ante escribano público, un extenso y retórico Requerimiento que los
exhortaba a convertirse a la santa fe católica.
América era el vasto imperio del Diablo, de
redención imposible o dudosa, pero la fanática misión contra la herejía de los
nativos se confundía con la fiebre que desataba, en las huestes de la
conquista, el brillo de los tesoros del Nuevo Mundo. Bernal Díaz del Castillo,
soldado de Hernán Cortés en la conquista de México, escribe que han llegado a
América «por servir a Dios y a Su Majestad y también por haber riquezas».
Eduardo Galeano, “Las venas abiertas de
América Latina”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario